


La Congregación de Hermanas de la Presentación de la Virgen María, de Granada, fue fundada en Granada (España), el día 12 de Octubre de 1.880, por D. Maximiano Fernández del Rincón y Soto-Dávila, sacerdote de Jaén (España), canónico lectoral de la Catedral de Granada, quien contó con la colaboración de la M. Teresa de la Asunción Martínez y Galindo, monja clarisa del convento de San Antonio, de Baeza (Jaén) que imprimió en la Congregación el espíritu de contemplación, sencillez y pobreza.
Autorizó dicha fundación el entonces arzobispo de esta ciudad D. Bienvenido Monzón y Marín que bendijo la nueva casa y dio el hábito a las seis primeras aspirantes.
Los rasgos fundamentales que nuestros Fundadores imprimieron en la Congregación fueron:
Nuestra titular es la Virgen en el Misterio de su Presentación. Al darnos esta imagen de la Virgen Niña pretendieron nuestros Fundadores que viviéramos nuestra entrega a Dios en actitud de constante PRESENTACIÓN al Señor, siempre DISPONIBLES a las necesidades de nuestros hermanos.
El Fin de la Congregación se ha mantenido invariable: Conseguir al propia santificación en el apostolado de Educación y Enseñanza.
Patronos de la Congregación son San José, modelo en su vida de trabajo, abnegación y dócil instrumento en manos de Dios y San Agustín, por ser modelo de fidelidad a la gracia, por su gran espíritu apostólico, por su amor a la Iglesia y, sobre todo, por su llamada a "tener un solo corazón y una sola alma"
Las Siglas de la Congregación son P.V.M. (Presentationis Virginis Mariae) = De la Presentación de la Virgen María. La primera casa de la Congregación fue donación gratuita de D. Ramón López Zabala. Actualmente no nos pertenece; está situada en la Cuesta de Santa Inés.
En tiempos de nuestros Fundadores se abrió en Guadix la segunda casa de la Congregación, en Agosto de 1902; y el 15 de Agosto de 1.904 fundaron el tercer Colegio de la Presentación, en Baza.
Las Religiosas de la Presentación, movidas por el mismo Espíritu que inspiró a nuestros Fundadores, tratamos de seguir en una generosa entrega y disponibilidad a la Iglesia, optando por la evangelización de la cultura y transmisión de la fe, por una dedicación preferencial a los pobres y una particular atención a las familias y a los jóvenes.
En nuestra vida comunitaria, que es esencial para nosotras, tratamos de reflejar un intenso espíritu sobrenatural y de familia que sea expresión de la vida de María en su casa de Nazaret y en las relaciones con los demás. La vida de oración y disponibilidad en la Iglesia, el espíritu de sencillez y acogida, y una actitud alegre en toda circunstancia, manifiestan lo que nuestros Fundadores pensaron para nosotras.
Trabajamos en Colegios propios, en Escuelas de Fe y Alegría, en Parroquias, Centro de Estudios Teológicos, Centros de atención social y de marginación.
En nuestra misión tratamos de dar una formación integral que abarque la totalidad de la persona. En nuestras obras nos esforzamos por crear un ambiente de sencillez y acogida a todos, de abrir cauces para la valoración de la vida, de la conciencia moral, responsabilidad y compromiso concreto ante los problemas sociales; formamos para el reconocimiento de la dignidad humana, para una acción positiva a favor de la justicia, la paz, el pluralismo, la conciencia crítica frente a los medios de comunicación, en una educación para el diálogo y participación en la vida pública.
Actualmente estamos presentes en 6 países: España (desde el año 1.880), Venezuela (desde 1.952), Uruguay (desde 1.970), Argentina (desde 1.984), Colombia (desde 1.995) y México (desde 2005). Estamos distribuidas en 20 comunidades y existen dos Delegaciones, dependientes del Gobierno General.
Fundador de las Religiosas de la Presentación, Maximiano Fernández del Rincón y Soto-Dávila, nació en Jaén el 21 de agosto de 1835. A los diecisiete años ingresó en el Seminario San Felipe Neri de Baeza.
Se ordenó sacerdote a los 24 años. Desde entonces, además del profesorado, desempeñó cargos de director espiritual, vicerrector y finalmente, rector del Seminario.
Al cumplir los treinta y un años tomó posesión de la parroquia del Sagrario de Jaén y allí funda y dirige la Revista Fe Católica. España vivía tiempos difíciles. La confusión era grande y Maximiano aclaraba ideas desde su revista, aunque no a gusto de todos, lo que le costó estar preso veinte días.
También en la Iglesia había inquietud. Se celebraba el Concilio Vaticano I, y las opiniones eran muy encontradas. Hizo de su revista como un diario del Concilio, con tanto éxito que el Papa Pio IX le escribió dándole la enhorabuena y animándole a "seguir en la lucha en defensa de la fe y del pueblo de Dios.
Por circunstancias dolorosas tuvo que salir de la ciudad y marchó a Granada, donde obtuvo por oposición la canonjía lectoral. Ingresó de profesor en el Seminario de esta ciudad como doctor en Teología y Derecho Canónico. Durante veinte años estuvo en Granada, donde todos pudieron contemplar su celo sacerdotal, sus virtudes y su amor a los más necesitados.
En 1880, en Granada también, fundó la Congregación de Hermanas de la Presentación, como réplica al ateismo. Sin medios materiales y entre muchas dificultades, su espíritu apostólico y emprendedor salió adelante con la obra ayudado por la M. Fundadora, Teresa de la Asunción Martínez y Galindo. En 1891 lo hicieron Obispo de Teruel, de cuya ciudad hubo de salir por cuestiones políticas en 1893. Desde entonces, hasta su muerte, ocurrida el 24 de julio de 1907 fue Obispo de Guadix-Baza.
Hombre sencillo, trabajador incansable, movido por un inmenso amor a Dios y a los hombres, no reparó en dificultades ni trabajos en su celo por defender a Dios y a la Iglesia.
Tenía un carácter enérgico, fuerte, vehemente, muy sensible. Su exquisita caridad la demostró con todos los que le rodeaban: presos, enfermos, ancianos, pobres. Sentía una gran misericordia y cercanía con los más necesitados. Destacaba en su amor a la Virgen y a los niños; su amistad era sencilla y profunda.
Teresa de la Asunción Martínez y Galindo (1850-1907)
Confundadora de las Religiosas de la Presentación en 1880, M. Teresa de la Asunción Martínez y Galindo, nace en Baeza, el 22 de enero de 1850. A los 13 años fue internada como educanda en el Colegio de Santa María Magdalena de Baeza. Allí conoció al Padre Fundador que era confesor de las niñas de aquel colegio. A los 15 años de edad ingresa en el Convento de San Antonio de Padua, de monjas clarisas. Tomó el hábito el 22 de noviembre de 1866 y, con 17 años, emitía su profesión religiosa el 23 de abril de 1867. En 1875 recibe la invitación de D. Maximiano para colaborar en el Instituto de religiosas educadoras que se llamará de la "Presentación de la Virgen María", la cuál acepta. El 20 de enero de 1879 se traslada a la comunidad de clarisas, en el convento de Santa Inés, en Granada, para preparar la fundación. Fallece en Granada el 29 de marzo de 1907. Era Viernes Santo.
Dios la preparó en el claustro para una obra de predilección. Por eso le dispuso el camino para el ingreso entre las hijas de Sta. Clara, a fin de que se impregnara bien del espíritu de la sencillez franciscana, del amor a la oración de los contemplativos y de la generosa abnegación de los que han de trabajar por los demás en la tareas sacrificadas del apostolado.
Luego, el mismo Dios la hizo enlazar sus caminos con los de un hombre excepcional, que proyectaba una obra de servicio educativo y precisaba una firme columna de fe, de inteligencia y de heroísmo. Ese hombre fue el futuro Obispo D. Maximiano Fernández del Rincón, a quien ella no tuvo más remedio que secundar, porque tal era la inspiración que bullía en su corazón desprendido y en su mente abierta a las necesidades del prójimo.
Resultó una excelente y humilde colaboradora de ese hombre generoso. Pero también ella brilló con personalidad propia, infundiendo en sus compañeras de empresa el espíritu sobrenatural que la animaba. Así nació la Congregación de las "Religiosas de la Presentación de la Virgen María", de Granada, de las que fue el alma y soporte en el interior, como D. Maximiano lo fue desde el exterior.
Alma mística y profunda, de sentido práctico admirable, sufrida y silenciosa hasta límites sorprendentes, pasó el resto de sus días sembrando el amor a Jesús y a la Iglesia, hablando de trabajo y de servicio, ofreciendo ejemplos hermosos de desprendimiento, abriendo caminos de vida cristiana a las muchas alumnas que se fueron acercando a sus centros. Ella, que había nacido para la paz y el silencio, supo ser modelo y mensaje de trabajo y sacrificio por Dios.
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